Medalla de Oro al Colegio de La Salle

Sr Presidente, compañeras y compañeros de Corporación, Señoras y Señores:

Quién me  iba a decir a mí que 46  años después de aquella primera vez que entré en el Colegio La Salle, tendría la oportunidad de participar hoy aquí, como  Concejal de este Ayuntamiento en la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad.

Aquel mes de Junio de 1.965 con 7 años recién cumplidos  y la primera comunión recién hecha, nos recibió, a mi madre y a mí el Hermano Director para ver en qué curso me iban a meter.

No se me olvida la cara afable de aquel señor, la negritud de su sotana hasta los pies y aquella baberola blanca, partida en dos que adornaba su cuello.
 

Tras una breve conversación, me puso a leer un texto y a hacer una división  por dos cifras, y como quiera que fui capaz de hacerla, decidió que entraría en 3º de Primaria, sin fijarse demasiado en la edad que yo tenía.

Mis vecinos, y sobre todo mis vecinas  de la Barriada José  Antonio, me animaban a hacerme un hombre de provecho en el colegio de  los hermanitos de la Salle.

Me llamó la atención aquel empeño por cantar el “cara al sol” formados en el patio del Colegio a la entrada y la salida, y más aún el hacerlo en fila de a dos  después de formar perfectamente ordenados de menor a mayor, y de cubrirse, es decir de que mirando el cogote del que te precedía, no vieras el del anterior. Nunca entendí porqué aquello había que repetirlo tantas veces y porqué, tras ello, en riguroso silencio, había que subir a las clases.

Me imagino que todo formaba parte de la escenografía de la época y de algo que con ello intentaban transmitirnos.

Años después comprendí que todo formaba parte de la parafernalia de la época, de aquella época gris de nacional catolicismo, de estética fascista, de miedo y de falta absoluta de libertades.

Cuando se propuso a pleno la concesión de la medalla de oro de la ciudad al Colegio La Salle en el cincuentenario de su fundación, Izquierda Unida votó que sí, que había motivos más que suficientes para dársela.  Y es que hay que remontarse a aquellos años 60 para comprender  la labor que se realizó desde el colegio en aquella zona tan empobrecida de nuestra ciudad, en nuestro Barrio Alto.

San Agustín y El Hospitalito eran los colegios públicos de la zona pero mis padres me llevaron al colegio de  La Salle, no solo porque era lo más cercano  a donde vivíamos sino  por la fama de buen colegio que ya tenía entonces el de la Salle, tan solo 5 años después de haber abierto sus puertas. Sin embargo la realidad cotidiana del colegio me tocó vivirla a mí, no a mis padres.

En clases de 40, en pupitre de a dos con tintero en el medio y perfectamente ordenados del más listo al más torpe. Ordenamiento que variaba cada semana en función de las notas.

“La letra con sangre entra”, repetían una y otra vez muchos de los profesores que teníamos, si bien no todos se aplicaban, afortunadamente, con la misma exigencia.

Tengo un grato, gratísimo recuerdo de muchos de los profesores que tuve D. José Luis, D. Joaquín, D. Rafael, D. Jerónimo, D. Antonio, D. Juan, Hno. Gonzalo, Martín, Hno. José Mª, Hno. Manuel, Hno. Segismundo. Y muchos más. Todos ellos contribuyeron a nuestra formación y a que de aquellas aulas salieran gente preparada en los más diversos campos. Gracias, una vez más, mis queridos profesores.

Con ilusión recibíamos la llegada del Hermano Visitador, que nos regalaba una tarde de vacaciones y la posibilidad de obtener vales extras con los que evitar castigos y regletazos en las palmas de las manos.

El Colegio ocupaba gran parte de nuestra vida. Y no solo por el horario de lunes a viernes, mañana y tarde, y sábado por la mañana, sino porque en él residía la poca oferta cultural y  de ocio de nuestro entorno.  

Además del fútbol, y el baloncesto, había muchas más actividades que pude desarrollar en el colegio.

Mi primera obra de teatro, el ajedrez y el pimpón. Los tanguillos de Cádiz en la bandurria, el coro  y sus audiciones en el Teatro Principal y, sobre todo, mi afición a la fotografía. Aquél cuarto con luz roja en el que  con las manos metidas en el revelador sacábamos a la luz nuestras primeras fotos, en blanco y negro, claro.

La afición a la lectura, y sobre todo a la reflexión y al silencio se lo debo al Hno. Gonzalo  que nos convocaba algunos sábados por la tarde para experimentar lo que es estar una hora en silencio.

También a él le debo mi primera salida de camping, entonces decíamos campamento. Fue a la Colorá y allí nos fuimos un grupo en tienda de campaña a pasar la noche. Yo tenía 10 años y allí, además aprendí a mirar las estrellas. Creo que las lágrimas que derramé años más tarde  cuando las máquinas destrozaron las playas de la Colorá  para hacer Puerto Sherry, están relacionadas, en parte, con aquella experiencia de cercanía y de descubrimiento de la naturaleza.

El Colegio de La Salle es un colegio religioso y como tal nos inculcaba el catecismo a la vez que nos sensibilizaba sobre los más empobrecidos. Recuerdo cómo, a través de las filminas que a veces nos proyectaban en clase, nos acercaban al mundo de países africanos muchos más pobres que nosotros y que necesitaban de nuestra ayuda. Hasta competiciones se montaban en la clase a ver quién recogía más dinero para el día del Domund.

Hoy, aquí, es el momento de reconocer que se nos transmitieron valores como el compromiso, la solidaridad, el esfuerzo, el compartir, etcétera, a pesar de que aquellos años azul oscuro casi negro, el régimen de Franco utilizó tanto los colegios públicos como privados para adoctrinar a niños y jóvenes.  

Todo esto, con sus pros y  sus contras, con sus  más y sus  menos  y a pesar de lo que estaba cayendo era, en sus comienzos el Colegio de La Salle.  

Colegio que ha ido cambiando y adaptándose, como centro concertado, a lo que exigían los nuevos tiempos. Cada generación tendrá sus recuerdos, mejores y peores de su vivencia allí. Pero lo que es seguro es que dejó su huella en todos los que por allí pasamos.

Hace unos días, conversando con una alumna que hacía poco que había terminado la secundaria, me decía que para ella el colegio La Salle era como una gran familia y que sus profesores eran amigos además de maestros. Qué más se puede pedir si ese es el recuerdo que guarda esta antigua alumna.

Como profesor del IES José Luis Tejada, he recibido, entre muchos otros, a alumnos y alumnas que procedían del Colegio de la Salle para hacer el bachillerato y les puedo asegurar que surgía en mí un recuerdo muy grato de mi paso por el colegio, a la vez que un compromiso al sentirme continuador de esta impresionante tarea  que es la de ser profesor.

A veces, cuando me encuentro al Hermano Aniano por el patio de Instituto haciendo seguimiento a personas que allí estudian y que han tenido dificultades de integración, me doy cuenta de la labor tan importante que siguen realizando personas como él, absolutamente imprescindibles en una sociedad como la que nos ha tocado vivir.

Justo es reconocer aquí, y así lo hago, el papel que hoy continúa desarrollando el Colegio de la Salle en una de las zonas más necesitadas de intervención social de nuestra ciudad. Ninguna pega a la hora de acoger en el Colegio a alumnos y alumnas de Barrio Alto, José Antonio, Los Milagros, junto a otros de barrios más afortunados. Ninguna dificultad a la hora de ceder sus pistas deportivas para actividades de otros colectivos por las tardes. Completa colaboración con asociaciones y colectivos que en sus locales desarrollan actividades culturales o educativas. Apoyo al AMPA para que los padres y madres puedan seguir formándose con cursos que, a través de la Oferta Educativa Municipal, vienen impartiendo algunas asociaciones. Por este papel dinamizador que jugó y juega en una de las zonas más deprimidas de nuestra Ciudad, IU apoya, como no podría ser de otra manera, la concesión de esta  medalla.

Sin embargo, tengo que decirles que como padre, mis 4 hijos estudian en centros públicos, y como concejal de IU que apuesta por la enseñanza pública, siempre defenderemos que ésta debe prevalecer y fortalecerse. No podemos consentir que se cierren colegios públicos como se cerró San Agustín. Habrá que hacer los análisis necesarios. Revisar y mejorar la enseñanza pública para que siga siendo referencia fundamental de la educación de este país que recordemos que es un país laico.

Para terminar, me gustaría agradecer y felicitar a los miembros de la comunidad educativa del Colegio de la Salle por estos 50 años educando a muchas generaciones de portuenses y por la concesión de esta medalla de oro de la ciudad que no es sino el reconocimiento unánime de todos los grupos políticos de este Ayuntamiento por la labor realizada.

17/03/2011


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