Discurso de Julio Acale en el Pleno Solemne del miércoles 15 de abril

Reverendo Padre Luis Aparicio, Hermana Emilia Puyana , Reverendo Padre Ángel Angulo, Sr. Alcalde, Compañeros de corporación, amigos y amigas

Nos reunimos hoy aquí para conceder la medalla de oro de la ciudad a dos instituciones que, desde hace 150 años en el caso de la Compañía de Jesús y 125 en el caso del Colegio Sagrado Corazón, las Carmelitas, han desarrollado una importante labor educativa en nuestra ciudad.

Esta noche nuestro Ayuntamiento y nuestra ciudad de El Puerto de Santa María estamos de gala. Con estas menciones honoríficas se quiere reconocer  tanto esfuerzo realizado entre tantas y tantos portuenses desde hace varias generaciones, en tiempos en los que la educación no estaba al alcance de cualquiera ni se entendía como un derecho al que todos los ciudadanos deben tener acceso tal y como se entiende hoy día.

 Así, en 1889  en Las Carmelitas se comienza a dar clases a las niñas pobres de la ciudad, según propuesta del Padre Ildefonso del Olmo, Rector del Colegio de San Luis Gonzaga. Hay que tener en cuenta que la educación de las niñas en aquella época no era importante, de ahí la importancia de la propuesta ya que suponía elevar el nivel cultural de la mujer.

La presencia de la Compañía de Jesús en nuestra ciudad se remonta al siglo XVII en que el Padre Bonifaz pensó fundar un colegio de Predicadores, si bien hasta 1865 no acaba de fraguar el germen del colegio de San Luis Gonzaga, por el que han pasado alumnos tan ilustres como Fernando Villalón, Juan Gavala, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez y Pedro Muñoz Seca, entre otros.

Tan solo por esto ya hay razones sobradas para conceder estas medallas de oro que hoy se van a entregar a los responsables de dichas congregaciones religiosas. Pero es que además, La Compañía de Jesús y las Hermanas Carmelitas forman parte incuestionable de la historia de nuestra ciudad, tal y como lo demuestran las numerosas publicaciones existentes en este sentido.

Me encantaría relatar en primera persona mi experiencia de ser alumno del Colegio San Luis Gonzaga entre 1971 -74 o de la que tengo a través de mis tres hermanas que estudiaron en las Carmelitas en la década de los 70 y 80 pero me han dado sólo 5 minutos para glosar brevemente algunas pinceladas sobre las distinciones que hoy se van a conceder.

Les reitero, en nombre de IU, mi enhorabuena por la concesión de las medallas de oro de nuestra ciudad a la Compañía de Jesús y al Colegio Sagrado Corazón de las Hermanas Carmelitas.

En lo que se refiere al Padre Angulo, al cual tengo el gusto de conocer desde hace muchos años, la concesión del título de Hijo Adoptivo de nuestra ciudad me brinda la oportunidad de poder dedicarle unas palabras de reconocimiento en este entrañable acto. Es para mí un honor poder hacerlo en nombre de IU.

Desde el día en que apoyé y animé a que se le concediera esta condecoración al Padre Ángel Angulo pensé en comenzar este acto con aquel verso de Bertolt Brecht, “Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son los imprescindibles” ¿a quién mejor que a ti se le pueden dedicar estos versos?

 Hace unos días, preparando estas palabras, estuve releyendo lo que de ti había escrito nuestro buen amigo Pepe Mendoza en  facebook. Debajo de una foto tuya decía,  ¿Le suena esta cara? ¿En qué lugar se cruzó con ella? ¿En el Instituto, en una iglesia, en un juzgado, en la cárcel, quizá? ¿Tal vez en un campo de fútbol?

Personalmente guardo muchos recuerdos de este franciscano vasco que lleva en nuestra ciudad más de 40 años, formando parte del paisaje sentimental de varias generaciones de portuenses.

Debo confesar que pocas veces lo vi con sotana, pero está claro que el hábito no hace al monje ni falta que le hace. Basta con conocerle un poco para saber que en él se percibe claramente que es un hombre al servicio de la fraternidad y que Dios habita en él.

Nunca me diste clases de religión pero sabía de ti y de tus clases por mis amigos. Con qué valentía tratabas asuntos tan candentes en aquellos últimos años de la dictadura. Con tu buen hacer, con tu honradez, el respeto y tus ganas de sembrar auténtica semilla evangélica calaste en mucha gente creyente y también en mucha que actualmente se confiesa no creyente. No defraudaste ni a unos ni a otros.

Empecé a conocerte en el verano del 75 cuando me acerqué al local de Acción Católica donde se reunían las Juventudes Franciscanas (JUFRA) en la calle Larga. Recuerdo perfectamente aquel edificio. Nosotros en la planta alta, las montañeras de Santa María en la baja. Aquellos sábados por la tarde nos reuníamos allí un puñado de adolescentes ansiosos por descubrir y compartir anhelos  e inquietudes. Yo tenía 17 años y en aquellos últimos años oscuros de la dictadura no había muchos sitios donde pudiéramos reunirnos un grupo de jóvenes sin levantar sospechas. Recuerdo que siempre empezábamos nuestras reuniones con la oración de San Francisco: Señor haz de mí un instrumento de tu paz.

Preparando estas letras me venían a la mente los acordes de la guitarra y los rostros de muchos de los que frecuentábamos las reuniones, aquellas canciones de Quilapayún, Violeta Parra, Paco Ibáñez, que aún hoy me descubro a veces tarareando, Gracias a la vida,  A desalambrar, Soldadito boliviano, Palabras para Julia, A galopar,  El pueblo unido jamás será vencido.

También recuerdo con mucho cariño aquellos paseos por la playa, desde La Puntilla a La Colorá hablando de mil cosas, compartiendo juegos, fútbol y bocadillos. A la vuelta siempre acabábamos hablando de Dios  y de cómo podía permitir tanto dolor en el mundo. Nunca nos distes certezas pero siempre nos dejaste puertas abiertas para seguir profundizando en el largo camino de la fe.

Han pasado 40 años desde entonces y no puedo sino agradecer tanta huella como dejó en mí este hombre al que hoy declaramos hijo adoptivo.

Angulo, como siempre le llamábamos, nos acompañaba con serenidad, sabiduría e infinita paciencia en esa construcción de la utopía, en ese hacernos cada vez más persona, conscientes de nuestra responsabilidad en el mundo.

Si tuviera que destacar algunos rasgos de su personalidad, destacaría, además de lo dicho su humildad y su alegría profunda nacida sin duda alguna de su fe en Jesucristo.

Julius, me decía y me sigue diciendo  cuando me saluda por la calle. El tiempo ha pasado, ahora apenas nos vemos pero sabemos el uno del otro. Basta el saludo para que afloren en mí tantos buenos sentimientos y recuerdos.

A mediados de los 80 comenzó a ejercer de abogado defendiendo a gente humilde. Abogado de los chorizos, se decía, en aquellos años en los que la droga hacía estragos y muchos acababan muertos o en la cárcel, víctimas de su adicción. Lejos de sucumbir a la impotencia de tanto dolor por la muerte prematura de tantos jóvenes, emprendió el camino de la denuncia, del apoyo a asociaciones de madres contra la droga, de cargar sobre sus hombros la defensa jurídica y de  visitarlos y acompañarlos cuando estaban presos. Eras el último recurso, el clavo ardiendo al que se aferraban tantas familias destrozadas por la droga.

En los 90 tuve ocasión de verle en Cádiz en un juicio defendiendo a Rafa, acusado de  insumisión. Ahora nos parece muy lejano todo aquello pero en este país se juzgaba a jóvenes por negarse a ir a la mili o a hacer la prestación social sustitutoria. Yo mismo me auto inculpé con algunos de ellos.

La mayoría de los insumisos eran condenados a 2 años, 4 meses y 1 día. Y ahí estaba Angulo haciendo su alegato final ante aquel juez que con toda probabilidad condenaría con cárcel la desobediencia civil de aquel chaval. Al principio no le reconocí con aquella toga que llevaba puesta pero en cuanto empezó a hablar me di cuenta de que era Angulo, no sólo por su inconfundible tono de voz sino por la profundidad de sus argumentos. Tengo que confesar que me emocioné, que se me saltaron las lágrimas y que salí de allí convencido de que aquello que rezábamos en JUFRA, Señor haz de mí un instrumento de tu paz, seguiría siendo uno de los ejes conformadores de mi vida.

Mi amigo Rafa, recién casado y con una hija de pocos meses fue condenado y acabaría cumpliendo la pena de prisión impuesta. Pero después de oír a Angulo estaba seguro de que la mili se acabaría aboliendo más pronto que tarde aunque la implacable justicia siguiera mandando chavales a prisión. Gracias a todos aquellos insumisos y gracias a abogados como Angulo que empeñaron su buen quehacer con apasionamiento en defenderlos.

Este hombre al que hoy reconocemos como hijo adoptivo de nuestra ciudad simboliza el compromiso mantenido y continuado, la alegría y la amistad. ¿Qué otra forma hay de dar testimonio de Jesús de Nazaret?

En tu corazón guardas tantos momentos vividos, fuertes, entrañables. Tantas miradas desesperadas, suplicantes, necesitadas de comprensión, perdón y misericordia. Miradas cargadas de expectación y de futuro. Tu compromiso con los más pobres ha sido y sigue siendo tu respuesta generosa, tu forma de estar en la vida. Tú conoces bien el secreto del que habla el evangelio de Mateo: “el que pierda su vida por mí la encontrará”.

Enhorabuena Angulo por tanta vida como has compartido con tantas y tantos portuenses a lo largo de estos más de 40 años, por el testimonio de vida que sigues dejando en nuestra ciudad. Gracias  por transmitirnos ideales, utopías y sobre todo por proponernos poner amor donde haya odio, unión donde haya discordia, verdad donde haya error, fe donde haya duda, perdón donde haya ofensa, esperanza donde desesperación, luz donde haya tinieblas, alegría donde tristeza.

Gracias por proponernos ser instrumentos de paz.